Tatiana, el cerebelo y el super-yo


 


 

 

Traducción: Lic. Liliana Dulbecco

Merecer la vida es erguirse vertical,

más allá del mal, de las caídas…

Es igual que darle a la verdad,

y a nuestra propia libertad

¡La bienvenida!…

Eladia Blázquez

 

 INTRODUCCION

El Doctor Gaiarsa aporta a la Psicología un valioso recorte de objeto de estudio: el cuerpo en relación con las manifestaciones psicológicas que éste suscita. Algunas de sus ideas teóricas se presentan, ejemplicadas, en el caso clínico que se detalla a continuación: “Tatiana, el cerebelo y el super-yo”.

El Doctor Gaiarsa retoma los planteos de Wilham Reich y de Sigmund Freud y los complementa. 

Reich destacó, los dos temores fundantes de la especie humana: el miedo de caerse y el miedo de asfixiarse. 

Freud describió la Fase Anal, es decir, la etapa del control de esfínteres, alrededor de los dos años, la edad de Tatiana.

Al igual que Freud y Reich, con una postura materialista, parte de las peculiares huellas que lo propio de la especie, por ejemplo: la bipedestación o el control de esfínteres, ¡procesos tan culturalmente humanos! e indisolublemente enlazados a la relación con los Otros, aportan como marca a la subjetividad. Asimismo, relaciona los factores biológicos que nos determinan con las implicancias psicológicas que éstos traen aparejados. 

En este sentido, destaca la importancia de la bipedestación, el esfuerzo y los temores subyacentes que implican para un niño ponerse de pie y caminar, las fuerzas contrarias que tiene que implementar para no caerse, sus consecuencias en la construcción del tono muscular global, su correlación a nivel de constitución del psiquismo, la conformación de los contrarios y la vivencia, por vez primera, de la existencia de un conflicto psicológico.

Como dice el Doctor Gaiarsa: “La raíz mental del problema de los contrarios está presente concretamente en el plano de la motricidad.”

Todo esto enlazado al tema de la constitución del Yo descripta por Freud en “Introducción al Narcisismo” y a la internalización del otro en nosotros, momento fundante en la separación del Yo-No-yo y cómo este proceso se lleva a cabo: El otro yendo en contra de los deseos del niño y el niño…resistiendo.

 El Doctor Gaiarsa se detiene en otro concepto: la Propiocepción, es decir, la sensación de si mismo. Podemos en cualquier momento saber en qué posición estamos y cuáles son los movimientos que estamos haciendo. Es efectivamente nuestro sexto sentido tan real… como el tacto o la visión y casi siempre omitido.

Nadie tiene consciencia de que se mueve, o sea, toda la motricidad es noventa y cinco por ciento inconsciente, automática, habitual. Es por demás complicada para ser voluntaria.

Continuando con el tema de la motricidad se agregan los datos que siguen: el cerebelo tiene una corteza más amplia que la corteza cerebral, y probablemente, más neuronas que ésta.

Su única función es la inhibición motora: contener los movimientos, tanto para hacerlos más precisos, como también, para impedir la caída.

¡La posición erecta nos hace un sólido notablemente inestable! Un muñeco con nuestra forma se caería fácilmente.

En referencia al aparato locomotor se pueden aportar los siguientes datos: tenemos doscientas cincuenta mil neuronas motoras a lo largo del eje cerebro-espinal. Cada neurona puede emitir hasta mil impulsos por segundo de excitación, inhibición y/o propiocepción. Las fibras musculares no pueden responder más de diez grados de tensión o relajamiento. Así mismo son doscientas cincuenta mil veces diez.

La velocidad de trasmisión de los impulsos a lo largo de los axones es de ciento veinte metros por segundo.

Estos datos tienen la intención de responder a la objeción de que la materia (el cuerpo) no tiene la sutileza suficiente para permitir comprender, la sutileza de los fenómenos psicológicos conscientes o inconscientes. Estos números nos hacen reconsiderar la cuestión.

Somos movidos por doscientos cincuenta mil mini impulsos, mini-fuerzas o mini –vectores. ¿Habrá algo más delicado y preciso?

La técnica del feedback muscular demuestra que podemos actuar voluntariamente sobre una neurona motora.

Por lo tanto, toda la motricidad puede tornarse consciente. ¿Podrá existir una pulsión, un impulso o una inhibición más precisa y más delicada? ¿O más intensa y más rápida?

Prefacio a Tatiana y el cerebelo

De los teóricos y psicoterapeutas de Occidente del siglo XX, únicamente Wilham Reich dijo que hay dos temores fundantes (miedos, ansiedades, angustias):

– El miedo de caerse.

– El miedo de asfixiarse.

Solamente Reich vio que tenemos un cuerpo, que ese cuerpo se pone de pie precariamente (que puede caerse con facilidad) y que la ansiedad se produce cuando falta oxígeno en el cerebro porque se contiene la respiración sin querer. Al reprimir la manifestación de cualquier deseo o emoción, se reduce la respiración y por ese motivo nos sentimos ansiosos – asfixiados.

Ninguna otra teoría que fundamente las Psicoterapias ha destacado que la marca del Hombre es la posición erecta, que la bipedestación liberó nuestras manos y que, de este modo, las mismas no tuvieron que soportar más el peso del cuerpo (como en los cuadrúpedos), y comenzaron a producir Tecnología.

Mantener nuestro cuerpo de pie ocupa gran parte de nuestras neuronas porque debido a nuestra forma (altos, con base pequeña y muy móviles) nos podemos caer en cualquier momento, para cualquier lado y de mil maneras diferentes.

Freud obvio esta cuestión pues sus pacientes – acostados en el diván – no se podían caer….

En el caso que sigue examinaremos detenidamente, lo que le sucede a Tatiana, que tiene que ver con la conquista – difícil – del equilibrio del cuerpo en el espacio, con la conquista de la posición erecta.

Para Freud el caso estaría relacionado solamente con la dificultad para controlar esfínteres (“Fase Anal”); él no se detuvo en los temas que se desarrollan a continuación.

Veremos que en esta tarea Tatiana se enfrenta también – sin saberlo – con el difícil problema de los contrarios (del Yin y del Yang), de la Dialéctica.

Quien diría: estos extraños problemas no tendrían el menor sentido para nosotros si no nos pusiésemos de pie.

Tatiana, el cerebelo y el super-yo

Hace años venimos desarrollando la Fenomenología de la Propiocepción y de la Motricidad. A partir de estos estudios se puede elaborar una noción del yo lo suficientemente satisfactoria, demostrable y operativa, es decir, útil para la terapia y la prevención.

Los primeros pasos en esta dirección fueron dados por Wilham Reich. Este capítulo forma parte de esa línea de pensamiento. 

Tomando como ejemplo un caso clínico típico (Edad del No), vamos a proponer una ampliación del concepto de fase anal (Freud), demostrando que en ese periodo (dos años) se producen la madurez del cerebelo y la organización de todas las contraposiciones que garantizan el equilibrio del cuerpo en el espacio. Posteriormente generalizamos la explicación incluyendo los conceptos de contra-carga, doble, conflicto, origen del Yo, Dialéctica de los contrarios o dialéctica, simplemente.

Tatiana tiene un año y diez meses, es gordita, habitualmente tranquila y ya comprende la mayor parte de lo que se le habla.

Susana (la madre) tiene una buena situación económica y puede pagar una niñera que acompaña la crianza. Ella se preocupa por la niña, no solo porque es su primera hija, sino también porque su llegada trajo algo nuevo e importante para su vida: un interés vital por el desarrollo. El desarrollo de Tatiana es también el suyo propio (y Susana lo sabe)

Cierto día llegó a la consulta y dijo:

“Gaiarsa, ahora no entiendo lo que sucede. Tatiana está incoherente, desorganizada. No sabe lo que quiere y se opone, se opone, se opone. Hace todo al revés. Si digo: “Vamos a bañarse”, no va. Pero si la llevo en brazos sin decir nada, lo hace sin mayores complicaciones. Usted sabe que le gusta ir a la escuela. Si le digo: “Vamos a la escuela” se empaca y no hay modo de moverla de su sitio pero si, sin decir nada, la subimos al ómnibus no se rebela.

En la puerta de la escuela, sin embargo, hace otra escena hasta que entra y entonces juega como siempre. Está tan “en contra” que llega a estar en contra de sí misma. A veces dice: “Quiero hacer pipi” y cuando la llevamos a la pelela, se sienta, no hace nada y se va. Está tan “en contra” que ayer llegaron a casa dos amiguitos con helado en la mano, trajeron uno más para ella. Cuando se lo dieron y le dijeron: “¿Querés helado?”, lo agarró y ¡lo tiró! Hay más. En la mesa, cuando está comiendo, tira platos cubiertos y vasos lejos de su sillita. Hacia esto antes, pero solo jugaba a dejar caer los objetos para observarlos. Ahora los tira con mucha fuerza, parece que tiene rabia y deseos de romper las cosas. Por la mañana cuando se despierta es mejor no acercarse porque casi muerde. Ante cualquier cosa que hagamos, digamos o propongamos se opone gritando y no quiere saber nada. Después va mejorando. Por la tarde cuando se despierta de su siesta está enojada otra vez. El último momento es antes de dormir. Ahí no sabemos que hacer para que haga caso.

(Susana en general sabe qué hacer y sabe educar a su hija sin chantajes ni violencia.)

Ella continuó: “¿Que está pasando, Gaiarsa? El domingo pasado fuimos a lo de un amigo, allí Tatiana vio un grupo de animalitos: conejos, cerdos, gallinas, vio, también, una vaca amamantando a un becerrito. Aparentemente se divirtió y no demostró miedo ni excitación. Solo estaba interesada. En el campo pisó un hormiguero, hasta ahora tiene el piecito un poco hinchado y le pica. ¿La habrá afectado tanto?

Basta escuchar a Susana para pensar que este episodio no fue el responsable de tanta desorganización en la mente de Tatiana.

La madre está embarazada de ocho meses, es una mujer de estatura un poco mayor que la normal y su embarazo es notorio. Ella lo habló con su hija que es la segunda, hace más o menos un mes y medio, cuando su gravidez ya era evidente. Tatiana no le prestó mucha atención al tema ni en el momento ni después. Lo que más la impresionó fue el cuarto y la cuna del futuro bebé que ya están preparados esperando por él. De vez en cuando va al cuarto, da una mirada y muestra cierta perplejidad ante un cuarto vacío y arreglado sin sentido para ella, ya que el personaje principal no está allí.

Poco después de haberle comunicado de que en su panza había otro nene, Susana cambió el modo de bañar a su hija porque inclinarse sobre la bañera le era muy incómodo. Entonces comenzó a bañarse con ella, las dos desnudas, claro está. Nuevamente a Tatiana no le llamó la atención la panza de la madre. Pero le extrañó bastante y se divirtió con el aumento de la pigmentación de sus pezones. Durante dos o tres días la niña observó los pezones propios y ajenos. Hace pocos días inventó un juego divertido para ella pero no para su madre: cuando ambas están acostadas, una al lado de la otra en la cama, le gusta acostarse sobre la panza y balancearse hacia un lado y hacia el otro. Pero el movimiento, como se pueden imaginar es bastante incómodo y Susana no puede permitir que así sea. Entonces ella hace rolar a su hija para un lado y termina el juego.

Durante esos momentos, la niña con cierta frecuencia y de modo inexplicable, comienza a decir: “No quiero saber nada de la vaca ni del becerro”. Esa frase, inventada por ella, fue repetida muchas veces durante la semana descripta.

Tatiana, medio gordita, es un poco lenta, no le gustan las cosas que se mueven muy rápido y frente a cualquier oscilación brusca, busca antes que nada conservar el equilibrio. Pero en los últimos días pasó a estar de pie en la hamaca, cuando antes la usaba sentada. (La hamaca tiene dos asientos opuestos sobre una plataforma colgada a un soporte en forma de trapecio)

Tatiana empezó a caminar alrededor del año, con un leve atraso, debido a su gordura. Ya controla bien la orina, pero no siempre la evacuación. Susana le insiste a la niñera para que no la presione y se podría afirmar que nunca fue sometida a malos tratos en esa área. Sin embargo, no sé puede excluir totalmente una ligera presión de la niñera quien es la que cuida de la limpieza de la niña.

Estos son los hechos sugeridos. El primer diagnóstico es el de la famosa Edad del No, de la terquedad infantil que se inicia alrededor de los dos años. Según la mayor parte de los estudiosos es en esta época que se va formando cierta noción de Si, del Yo, que el niño empieza a esbozar los primeros porqué, que comienza a insistir con terquedad, a veces obstinadamente, contra todo y contra todos, en el primer esfuerzo evidente de afirmación de si mismo. Desde el punto de vista psicológico, se puede decir que es el primer momento nítido de formación de un deseo personal, de una voluntad propia.

Recordemos primeramente todo lo que Freud dice de la fase anal, que tiene su apogeo, también, alrededor de los dos años. Es en esta edad que el sistema nervioso madura lo suficiente para permitir que el niño controle voluntariamente el esfínter externo del ano, siendo capaz de contener la evacuación o de relajarse, cuando los adultos lo consideren conveniente. Es plausible imaginar que el esfuerzo de contenerse, aún inmaduro, domine considerablemente la vida mental del niño. Según el modelo de ese esfuerzo surgirían algunas funciones del yo, específicamente la capacidad de actuar contra si mismo. Al sentir el preludio intestinal de evacuación, el niño tiene que “controlarse a si mismo”, tiene que “luchar contra si mismo” a fin de satisfacer las exigencias de los adultos. Los músculos voluntarios del perineo (esfínter externo del ano, glúteos, elevador del ano) se contraen contra el esfuerzo visceral del intestino grueso, que empuja el bolo fecal hacia afuera. Este esfuerzo intencional va modelando una acción interna, una voluntad consciente, deliberada o social, que trabaja contra el movimiento espontáneo del intestino. Dice Freud que algunas estructuras pre-conscientes del yo, esencialmente inhibidoras, maduran en este período en función de o en analogía con el control de esfínteres.

Es innegable, siguiendo la descripción de Freud, que el niño comienza a ubicarse en contra de si mismo. Podría decirse que no sabe lo que quiere porque está aprendiendo a querer y a no querer al mismo tiempo, podría decirse que él se siente perplejo, desorganizado e incoherente porque se siente impulsado a retenerse en un solo movimiento.

La explicación de Freud parece buena, pero creo que se pueden agregar algunos otros elementos, tan universales como el control de esfinteres, sin embargo mucho más contundentes, en el sentido exacto – más contundentes porque involucran a casi toda la musculatura del cuerpo.

Pero, antes de adentarnos en mi hipótesis, avancemos un poco más en la línea de la rivalidad infantil.

Es transparente la ligazón entre la imagen “becerro-vaca”, por un lado y la mamá embarazada, por el otro. La niña estaría sintiendo anticipadamente la presencia del hermano como amenaza a su posición y sintiendo rabia/miedo en relación al futuro rival. Acepto esas explicaciones con poca convicción. La reacción ante el embarazo fue de indiferencia. Además ella sabe de la existencia del hermano y asistió al armado del cuarto más o menos un mes y medio antes del periodo de perplejidad. Sin embargo no se puede negar alguna influencia de estos hechos en la desorganización de Tatiana.

Mi hipótesis – que de hipótesis tiene muy poco – es profundamente mecánica y neurofisiológica.

Mi convicción es que la niña está comenzando a madurar las contraposiciones necesarias para el equilibrio del cuerpo. Voy a detallar bastante esta cuestión. Es tan obvia que nadie la ve – como los muebles de la casa. Ponerse de pie y moverse es tan natural, tan fácil y banal, que nadie sabe cuanto cuesta. La cuestión, además, tiene considerable importancia psicológica para el niño y para el adulto. Por sobre todo, abre posibilidades de soluciones simples para problemas muy importantes y complejos.

Nuestro punto de partida es el siguiente: si de pie, tomo de la mano a un niño de un año y medio y lo traigo en mi dirección, si no quiere venir conmigo él se resistirá – claro. Si lo empujo hacia mi un poco más, se resistirá un poco más y, ahí, si lo suelto de repente, se caerá. No puede tomar ninguna prevención para no caerse. Un niño de tres años tiene buena probabilidad de, si es soltado bruscamente, permanecer de pie – balanceándose un poco, pues, ya tiene bien esbozada la contraposición de equilibrio, pero solo adquirirá firmeza alrededor de los cinco años.

Tatiana está en el proceso de formación de esas contraposiciones.

Es de suponer, por lo que sabemos hoy, que la parte más importante de este proceso se realiza en el cerebelo que es uno de los principales moduladores del equilibrio y que de él depende la prevención motora, justamente la que nos “sostiene” cuando estamos en inminencia de caída. Existe una dificultad enorme para comprender que la organización de nuestro movimiento es complicada y que aprender a moverse involucra el funcionamiento de un aparato neuro-mecánico, que es el más complejo del universo conocido.

Dos tercios del cerebro y todo el cerebelo son usados para que nos podamos mover. ¿Será posible que tanta sustancia nerviosa no tenga ninguna correlación psicológica?

La mayoría de los adultos, cuando empuja un mueble pesado y éste se desliza, casi siempre puede hacer fuerza a tiempo – en la dirección contraria y no caerse. Si la resistencia cesa bruscamente, siempre tenemos alguna especie de defensa que impide la caída, que la hace menos brusca o menos violenta. Vemos aquí una función especial de prevención del cerebelo, que no solo anticipa una posibilidad (la de la caída) sino que de algún modo pre-tensiona los músculos correspondientes.

Como nuestras posibilidades de caída son innumerables, como podemos ser empujados en todas las direcciones posibles e imaginables, tenemos que construir un sistema colosal de pre-tensiones que eviten la caída. Un aprendizaje de ese orden, por el número de posibilidades que implica, lleva muchos años para realizarse. 

La mayor parte de este sistema, sin embargo, aquello que involucra a las posiciones más usuales y a las caídas más frecuentes, tal vez se construya a lo largo del segundo al cuarto año de vida.

Un argumento adicional importante hace referencia a que cada conjunto de pre-tensiones es muy complicado e involucra el trabajo de innumerables unidades motoras, coordinadas complejamente, tanto estática como dinámicamente. Organizar esos conjuntos no es, en verdad, tarea simple – ni rápida.

Prolonga más ese aprendizaje, que solo podemos aprender en los momentos de caída, y es evidente que evitamos al máximo esos momentos – y así atrasamos el proceso.

Comenzamos a crear ese sistema desde el momento en que estamos de pie. Pero es claro también que el niño de un año, como primera defensa contra la caída, desarrolla la capacidad de caer suavemente – relajadamente. Además, su escasa altura (altura del centro de gravedad, treinta centímetros) hace que la caída también sea pequeña, inofensiva.

Pero es preciso señalar que cualquier tropiezo provoca un susto. Es bien sabido que uno de los temores genuinamente instintivo del hombre es el de perder el apoyo bruscamente. El recién nacido se contrae todo (reacción de sobresalto) si lo hacemos experimentar unos pocos centímetros de caída libre.

El temor a la caída no se disipa nunca en las personas. Cualquiera de nosotros, en cualquier momento, cuando pierde el pie, se lleva un susto. Solo no sentimos el susto cuando aprendemos a jugar con nosotros mismos – o a caer a propósito. Pero en este caso no fuimos desequilibrados inesperadamente.

Siempre que un tapete se corra, siempre que el lodo haga que el pie se resbale, siempre que un mal camino haga que el auto se deslice, nos asustaríamos aun si fuésemos yudocas. El temor a la caída – la caída de sorpresa – no puede ser inhibido y se manifiesta como susto (afecto) y sobresalto (hipertonía difusa intensa) Por eso creo que ese susto es el estímulo aversivo que, gradualmente, va construyendo las tensiones musculares que no nos dejan caer.

Los dos elementos más nítidos de la historia de Tatiana, que concuerdan con mi hipótesis, son el juego de mecerse sobre la panza de la madre y el hecho de haber comenzado a balancearse de pie en su hamaca – vieja conocida. También (no constó en el relato original), el gusto por balancearse y tirarse al piso desde la montura de una vaquita de juguete (juego, parecido al caballito que se mece, pero con figura de vaca)

Aceptada esta descripción obvia en relación a nuestro aprendizaje motor, podemos decir que la creación de las contraposiciones es realmente el inicio de la formación del otro dentro de nosotros, del otro que siempre se opone a lo que pretendemos, del otro que está siempre contra aquello que queremos, del otro que empuja siempre en sentido contrario al de la intención consciente.

La formación del otro comienza alrededor de los dos años, no solamente en torno al esfuerzo de contención fecal, sino ante todo, porque comienza a adquirir configuración suficientemente clara el conjunto de tensiones que impiden la caída.

La representación del Ángel de la Guarda aparece en esa época, aquel que no nos deja…caer…en tentación. Creo que el Ángel de la Guarda es una imagen onírica – mitológica creada para representar el hecho de la caída. En la figura tradicional el Ángel de la Guarda es un nene o una nena pequeños que están preparados para atravesar un puente estrecho sobre un abismo…Peligro de caída – expresión de insinuaciones pecaminosas que nos harían perder la dignidad humana (ortostática) y retornar a nuestra condición animal (en cuatro patas, posición en la que es difícil caerse). En fin, para ninguna otra función las alas del ángel parecen tan oportunas….

Es claro que esas contra-tensiones son “nuestras amigas”. Pues no nos dejan caer. Pero también es muy evidente que nos contienen, nos impiden hacer, nos amarran o nos inhiben.

Cuando el niño ya se siente razonablemente firme sobre sus propias piernas, puede correr a buena velocidad y tomar curvas con cierta rapidez, los tropiezos comienzan a hacerse más duros y dolorosos, porque las aceleraciones son mayores. Es entonces que, con seguridad, comienzan a madurar rápidamente las contraposiciones, porque las caídas son más peligrosas, más frecuentes y más dolorosas.

Es en esta dirección que entiendo la presencia de la enigmática vaca y el becerrito que Tatiana parecía odiar tan gratuitamente. Si apreció los dos animales al verlos por primera vez, porqué insistía que no le gustaban ni uno ni otro. Decía que no quería saber nada de ellos ni quería verlos. La explicación de la rivalidad con el futuro bebé surge sola, pero no puede excluir esta otra: una vaca y un becerro tienen formas muy semejantes, una nace de la otra y es más pequeña. En grandes líneas esa es una descripción perfecta de nuestras contra-posiciones de apoyo. Ellas son análogas (o complementarias) en relación a las direcciones del empujón, son de menor intensidad, pero pueden crecer rápidamente cuando surge el riesgo de caída.

Tatiana está desorganizada precisamente por la presencia del otro que quiere siempre lo contrario.

Si se le pide una iniciativa, inmediatamente se esboza la contraposición y ella sufre, queda perpleja en su inmovilidad entre querer y no querer.

Ya vi omitida la propiocepción tantas y tantas veces – hasta en los textos de Biología de Enseñanza Media – que tengo cuidado de recordarla. Las contraposiciones motoras no son solo mecánica o mera fisiología. Son sensaciones – que es dónde y cómo lo fisiológico se hace Psicología. Cuando hablamos de motricidad estamos hablando de “imágenes” propioceptivas, conjuntos ciertamente configurados de sensaciones. Más que eso, esas sensaciones “hablan” a la consciencia: Usted está así, ésta es su estructura intencional en este momento; éste es su apoyo y ésta es la amplitud de su base; ésta es su fuerza (contra el otro o contra Ud. basta un instante y un conjunto se convierte en otro de algún modo opuesto)

El hecho de arrojar las cosas con fuerza al comer, puede ser tomado como un intento espontáneo de encontrar la solución al conflicto. Si surgen impulsos e inhibiciones con la misma fuerza, simultáneamente y en sentidos opuestos, entonces la persona queda paralizada.

Ella se agita – tira con fuerza – para empezar a moverse, para salir de la impasse de cualquier modo.

Es bueno recordar que, en el interior del sistema nervioso, los impulsos nerviosos duran milésimas de segundo, mientras que en las terminales motoras están más cerca de una décima de segundo (debido a la inercia de los músculos y huesos que ejecutan la intención)

Por lo tanto, la menor vacilación en la distribución de impulsos puede invertirlos o desencadenarlos simultánea en vez de sucesivamente.

Pero el tema va mucho más allá de Tatiana, involucra a todos los niños y nos involucra a nosotros.

Recordemos a Piaget y su observación – fácil de verificar – de que en la edad que tratamos surge el primer porqué. Solo existe “porqué” donde hay duda. Es decir, donde hay una alternativa de movimiento, donde hay dos o más opciones o posibilidades. El niño pequeño se desarrolla con la acción y el movimiento. Si una fuerza contraria lo empuja en sentido diferente de su querer ingenuo es cuando se inmoviliza, está perplejo y se pregunta: ¿Por qué? Es como si su pregunta quisiese decir, en el fondo: ¿Qué es lo que me está sosteniendo? ¿Por qué estoy aprisionado?

Los psicoanalistas escribieron bibliotecas respecto del otro interior, del doble, del gemelo, del semejante, de la imagen en el espejo. Jung señaló insistentemente la presencia del héroe y del antihéroe en todos los mitos (Cristo y Judas, Gilgamesh y Enkidu). Esta división primaria del yo encuentra su explicación más simple, más natural y más completa en el esquema que estamos proponiendo. Cualquiera que sea la inclinación de mi cuerpo, mi cerebelo, en la misma medida en que me voy inclinando va construyendo la contra actitud que me sostendrá si pierdo el equilibrio. Al mismo tiempo que permite que me incline en una dirección, va empujando levemente en la dirección contraria – a fin de mantener la proyección vertical del centro de gravedad dentro del polígono de apoyo.

Pero hay dos especies de contraposiciones: una cosa es que yo me vaya inclinando con cuidado, sosteniéndome para no caer. Otra cosa es perder el equilibrio de repente – estar preparado para no caer. Esas dos estructuras neuro-motoras son semejantes, siendo una el límite de la otra.

Para estudiar esta situación, podemos considerar a una persona de pie y a otra, detrás de ella, empujándola lentamente hacia adelante con una mano en el medio de la espalda. El empujar debe ser leve y suficiente para que no saque los pies del piso ni doble el cuerpo. En la medida que el cuerpo se va inclinando, siempre recto, ella va reaccionando cada vez más firmemente a la inclinación. En el momento crítico de la caída, dará un pequeño paso al frente con el fin de no caerse y sobre tensionará bruscamente todas las contra-tensiones que se establecieron durante la inclinación. Es preciso imaginar y experimentar con claridad la situación para ver como involucra a todo el cuerpo, como es de frecuente, como es de “angustiante”.

Estamos lidiando con uno de los más famosos problemas humanos, tanto de la Psicología como de la Filosofía: el problema de los contrarios. El hombre está “hecho” de disposiciones antagónicas, contrarias, inclusive contradictorias. Todo generoso es mesquino, todo prepotente es servil, el buen niño es en el fondo un resentido, todo virtuoso es un mal humorado, toda coqueta es tímida, todo alienado está angustiado. Los contrarios fueron profundamente analizados por Jung, por la dialéctica y por la filosofía oriental. La dialéctica, que consideramos muy oriental, trabaja con los opuestos, pues tesis y antítesis son siempre de sentidos contrarios – casi digo de direcciones -, como si fuesen vectores, como las tensiones musculares, que son vectoriales.

La raíz mental del problema de los contrarios está presente concretamente en el plano de la motricidad.

Siendo el hombre un conjunto de fuerzas contrarias, pasó a concebir el mundo como un conjunto de fuerzas contrarias, él “proyectó” su constitución motora en el universo.

Es dable señalar que aun el propio Freud – siguiendo tal vez una intuición profunda – uso esta expresión feliz: “contra-carga”. En un momento inspirado, la usó para decir que muchos impulsos tienen una fuerza contraria que los inhibe. Pero en sus escritos, el término se refería a un modelo ideal, no concreto.

Bastaría que Freud hubiese observado a las personas siendo “arrastradas”, “empujadas” o “incitadas” por sus deseos o “contenidas” por sus temores para que pudiese ver que la contra-carga es una expresión exacta en sentido físico, mecánico. Cuando una persona se dice que está: “Inclinada”, “pretendiendo” o “predispuesta” a cierta acción (nótese la ambigüedad de los términos, que tienen al mismo tiempo sentido psicológico y mecánico), cuando desea alguna cosa, inmediatamente y en el mismo acto va construyendo la tensión opuesta para que el cuerpo no caiga. Ese conjunto de tensiones puede ser chamado, con exactitud, poder de síntesis y elegancia: contra-carga. Podría ser llamado, también con propiedad: contra-intención.

No se trata de una actividad “mental”, no se trata de un “mecanismo inconsciente” hipotético, no es un concepto. Es un conjunto de tensiones musculares perfectamente visibles, sensibles, registrables y, podemos decir, lógicas. Es necesario que exista la contra-carga, sino nos caemos.

La objeción más común que oigo es: Pero, al final, la mayoría de los niños no es muy empujada ni muy arrastrada mecánicamente. No son muchos los padres que viven dando golpes y empujones a los niños para que se dirijan a la mesa, al baño, a la cama, o para que se alejen del fuego, las escaleras, las llaves de luz. El niño pequeño simplemente es llevado de la mano, al niño mayorcito se le habla o se le ordena. Decimos: Vení aquí, andá allá, hacé esto, hacé aquello. Pero nadie parece darse cuenta que esas palabras funcionan como empujones y tirones. El sentido de las palabras – vení, andá, volvé, salí – como el tono de la voz, funcionan como empujones, tirones, frenos, conmociones; frecuentemente el tono de voz se hace imperativo, intimidante, suplicante. Las palabras actúan sobre los movimientos de los niños como fuerzas que perturban su estática y su dinámica corporal.

Por lo tanto, las palabras pueden tener un efecto mecánico perfectamente comprobable. Todo nuestro aparato psicológico comienza y termina en el movimiento. Lo que queremos obtener de las personas es que ellas hagan o dejen de hacer, que vayan o vengan. Pero, como siempre cuando los hombres no tienen nada que hacer, se sientan y conversan, y cuando conversan no se mueven, entonces terminan pensando que las palabras no tienen nada que ver con los movimientos. Pero ¡ay! de la palabra sin movimientos. Solo sirve para hablar – nada más.

Como vimos, podemos asumir mil posiciones diferentes y en cada una de ellas estaremos propensos a una caída. Facilitar la formación de todos los esquemas de contra-posición, que nos darán seguridad, es una tarea naturalmente larga porque, en condiciones comunes, solo podemos experimentar esas mil posiciones a lo largo de muchos meses. Pero si, alertados por la hipótesis propuesta, nos centramos en la experiencia motora del niño y le ofrecemos muchas experiencias motoras de equilibrio y de caída protegida, tal vez podamos hacer que lo que “naturalmente” demora dos o tres años lleve, quizás, dos o tres meses.

Tenemos el problema adicional de la maduración del sistema nervioso y si esa maduración puede ser acelerada. Es evidente que entre los dos y tres años el niño ya tiene predisposición motora suficiente para aprender a equilibrarse. Es cuanto basta para la terapia propuesta.

Cuando no comprendemos el período del capricho infantil en esos términos, hacemos cosas inapropiadas con los niños, cosas que tendrán reflejos indelebles para toda la vida – para toda nuestra vida. Todos nosotros pasamos por esa etapa de maduración y es en ese período de la vida del niño en el cual, según todo indica, es más maltratado. El adulto se irrita mucho con el capricho infantil, y aun los padres benevolentes muchas veces pierden la paciencia y dan empujones y palizas, hacen exigencias, castigan y gritan, porque toleran mal lo que les parece simplemente maña, tonterías, capricho y oposición sin motivo.

Nadie se da cuenta que el niño, con esa “obstinación”, está aprendiendo algo muy importante, pero cuya manifestación es irremediablemente “irracional”: es solamente un “ser – en – contra”. En parte por eso mismo, por la irracionalidad de su oposición, es que nos ponemos violentos.

Debemos decir – y es solamente otra forma de enunciar el problema- que el niño siente por primera vez, en toda su plenitud, lo que es un conflicto psicológico, o sea, vive la acción de conjuntos de fuerzas interiores que van en direcciones contrarias. De nuevo, no son conceptos, son hechos. Tanto, el desear ir como el no poder, como conjunto complejo de tensiones musculares, son dos “personoides”, son dos actitudes, que “parecen dos personas”, que ponen el cuerpo de un modo – o del modo contrario. Pero las dos son globales, no son partes, ambas involucran y modelan todo el cuerpo.

Es un conflicto perfecto y dualista puro. Si pudiéramos vivir ese conflicto en una atmósfera de más comprensión, con entrenamiento intensivo del equilibrio, no solo resolveríamos el problema de los caprichos de los niños sino que aprenderíamos a vivir mejor – con mayor aceptación – todos los futuros conflictos que la vida nos propusiera.

Quiero decir que el adulto, siempre que entra en conflicto, más allá de sufrir las dificultades relacionadas con la situación actual, ve reavivados en si todos los malos tratos de aquella época infantil en que por primera vez se sintió en conflicto. Preso entre dos tendencias opuestas, hago conmigo exactamente lo que me hicieron: comienzo a gritarme, a arrastrarme, a empujarme y a sacudirme estúpidamente en todas las direcciones. “Mentalmente”, hacemos exactamente eso.

Si hubiésemos sido llevados con habilidad, viviríamos mejor nuestros conflictos y encontraríamos verdaderamente soluciones mejores.

Lo que dijimos hasta ahora sobre el conflicto, considerado como dos conjuntos de fuerzas opuestas – y solo dos – no es del todo exacto. Es solo un modelo inicial esquemático. Si viviéramos la situación de una persona que está siendo lentamente empujada por otra, veríamos que podemos constituir nuestros esfuerzos de equilibrio de manera diferente, es decir, para cada empujón hay varios modos de oposición – no uno solo.

Volvamos, sin embargo al momento en que, ya riesgosamente en mi posición de empujado, recibo un empujón más. Lo que hago entonces es tensar todo el cuerpo con la finalidad de no caer. Es lo que obligamos al niño a hacer muchas veces en el día, no solo empujándolo físicamente sino también empujándolo (¡o paralizándolo!) con gritos, caras feas y amenazas. Esos intensos sustos que nosotros sumamos al temor que el niño tiene instintivamente de tener una caída, hace que se tense decenas o centenas de veces durante el día, creando posiciones de superestabilidad en el espacio, posiciones indebidamente tensas e inhibidoras – es decir, inhibiciones globales, poco discriminadas.

En vez de, simplemente hacer el esfuerzo contrario para no caer, en vez de preparar sus esquemas motores para moverse ágil y alternativamente de posición en posición, el niño aprende una sola lección: Tengo que estar todo duro, porque sino me caigo.

Es ahí que empieza lo que podríamos llamar orgullo infantil: La posición derecha y rígida de la persona que está “mucho de pie”. Basta ver un adulto herido en su susceptibilidad para ver lo que queremos decir. La persona susceptible, cuando es ofendida, se endereza, levanta la cabeza e inclina toda la columna para atrás. Cualquiera sea la observación que haya recibido, lo que hace es irse para atrás. 

Esa frecuentísima reacción de orgullo o de amor propio herido – estoy hablando tanto de los movimientos como de los sentimientos – va creando poco a poco al orgulloso propiamente dicho, como si fuera “un conservador”. La actitud del conservador es muy erecta, es muy solemne, él está mucho de pie, siempre predispuesto a ir hacia atrás. Parece alguien que esta siendo empujado hacia adelante y se obstina en el movimiento contrario. Es ese el retrato del orgulloso y del conservador. Personas así -casi todo el mundo es orgulloso en alguna medida – se comportan de ese modo no solo con los otros sino también consigo mismos, ante impulsos interiores, que al surgir nos hacen tambalear, nos desequilibran o nos empujan como si una persona lo hiciese.

Con este esquema podemos comprender una de las afirmaciones más enigmáticas del Psicoanálisis. Es fácil ver que todo lo que dijimos hasta ahora sobre el esfuerzo de ponerse de pie es denominado por el Psicoanálisis como resistencia. Siempre que el niño quiere avanzar, se inhibe. Es la propia definición del esquema operacional básico del Psicoanálisis: impulso y resistencia (tesis y antítesis). Creo que no existe mecanismo más importante para la explicación de la mayoría de las desgracias humanas. Es muy difícil comprender que un impulso se manifieste primero por la inhibición. Es lo mismo que estamos explicando en su base fisiológica y biomecánica, es decir, cuando una persona tiene la intención de avanzar, retrocede.

Si yo soy psicoanalista y estoy observando a mi paciente siempre acostado, jamás sospecharé que la resistencia de él sea, en el fondo, miedo de sufrir una caída.

Cuando una persona está acostada, todos esos procesos se tornan confusos y desorganizados espacialmente. Si estuviésemos conversando con ella de pie o caminando podríamos registrar casi todas esas cuestiones en la forma de pequeños movimientos esbozados al ir o no-ir, al avanzar o retroceder, al acompañar o al resistir.

Alrededor de los cinco años el niño comienza a adquirir la singular capacidad de hablar, entonces, se forma el super-yo verbal, o el padre crítico, aquel que habla “en contra”.

Pero éste no tendría ninguna fuerza para contener la conducta sino estuviese asentado y no fuese solamente el vestigio de un sistema inhibidor motor difuso, tenaz y de actuación prácticamente instantánea. Estamos siempre predispuestos a retroceder y es por eso que el padre crítico tiene fuerza sobre nosotros. En verdad no es la palabra la que tiene fuerza, sino la predisposición a retroceder, a no avanzar.

Vamos a hacer una última comparación: imaginemos que caminamos sobre barro resbaladizo. Un niño se siente así en los principios de la posición erecta. Si en esta situación me arrastran, me empujan y gritan: Vení para acá, andá para allá, cada uno de estos impulsos despierta una contracción difusa del cuerpo, para que no me caiga. Después de caminar cinco minutos por la calle, al encontrar el piso más seguro, estoy más tieso que un ejecutivo. Todos los esfuerzos para no caerme fueron super- concentrados y superactivos. Ese es el retrato del super-yo.

Vamos a ampliar la afirmación de que toda resistencia – en términos psicológicos – es un conjunto de tensiones musculares que se mantienen crónicamente, como lo demostró Reich. Esquemáticamente el Ello es el mundo visceral y el Yo es nuestra capacidad de percepción y de control de los movimientos. “Contenemos” nuestros impulsos/deseos con esfuerzos musculares mantenidos crónicamente, como se ve claramente en el caso de la evacuación. Pero todas las tensiones crónicas, o todas las contracciones habituales, automáticas, perturban la organización de nuevos movimientos. Vivimos amarrados (realmente) y cualquier nuevo empujón nos asusta mucho. Nuestra angustia más frecuente es el temor a la caída, que refuerza la tensión, siempre que es activado por ¡cualquier movimiento nuevo! 

Cada resistencia es un conjunto de cuerdas musculares que nos amarran. Resistencia – ¿Cuál será una buena imagen para representarla? Empujo o arrastro a alguien que hace fuerza en contra. ¿No es eso? Él resiste.

Prácticamente todas las escuelas de la Psicología Dinámica aceptan o declaran, que todas las resistencias se organizan en torno de un centro, o de un núcleo: Pride System (Karen Horney), Narcisismo (Freud), Coraza (Reich), Scrip de Vida (Transacional), Plano de Vida (Adler).

Lógico, todas nuestras actitudes estables (resistencias) solo pueden organizarse en torno a la vertical, que es el eje de la postura.

¿Por qué Tatiana se comportaba peor al despertarse? La hipótesis más probable es que ella al dormirse soñaba con su conflicto expresado en imágenes vivas y discordantes. Neurológicamente, diremos que los sistemas motores en ejercicio/maduración, con un tiempo de coordinación de centésimas de segundo, “despiertan” precariamente y la desorganización resultante empeora – ¡molestando a los adultos próximos! Y una desorganización alimenta a otra, hasta que Tatiana y Susana vuelven a…… equilibrarse.

La niña atraviesa la Edad del No y al mismo tiempo la Edad del Yo. Es ahí que comienza, o se intensifica, la formación de lo que planteo – en el comportamiento – No voy, No quiero ir, Puedo resistir, Puedo pelear, puedo estar en contra. Oí decir que Lacan llama a los dos años la Edad del Espejo. Es entonces cuando se forma una cierta noción del Yo – o de si- comparable a la situación de la propia imagen vista en una superficie reflectora – imagen opuesta al personaje (enfrentándolo). No conozco personalmente los escritos del autor pero para mi es evidente que ningún niño se ve lo suficientemente al espejo al punto de fijar una imagen visual estable de si mismo.

En la Edad del No, cuando se adquiere la capacidad de oponerse a los otros, también se comienza a verlos como distintos del yo. En un mismo movimiento se establece una doble relación. Espontáneamente, el niño ya tiene identificaciones con los adultos (comportamientos, gestos y actitudes semejantes a la de los adultos cercanos); además, ya tiene un buen número de respuestas reforzadas y tiende a hacer lo que estos aprecian, aprueban y premian. Ese yo, de origen casi exclusivamente social, externo, comienza a ser refutado por un contra – yo propioceptivo, que goza de toda la fuerza de los mecanismos posturales – de verdad arcaicos (¡Vienen del tiempo de las medusas!)

En fin, en el hombre, los mecanismos posturales son complicados y perturbados por la posición erecta que nos es propia.

Por lo tanto, el espejo (yo allá – mi imagen modelada por los otros) es lo que veo. El otro aquí – él que está en contra- es lo que siento (propioceptivamente) ¡Yo soy la negación de ellos! (En conclusión, ellos deben ser mis perseguidores…) Yo y persecución son sinónimos.

Vale la pena recordar que, en cierto sentido, el sistema motor, en lo que se refiere a su control nervioso, es mucho mas inhibidor que excitador; tiene muchos más núcleos tonígenos (contracturantes) que centros excito-motores.

La razón de esta estructura de excitaciones e inhibiciones es con seguridad la gravedad. Todos los animales son pesados y se deben mantener “de pie” contra la fuerza constante de la gravedad. Un animal solo se mantiene de pie resistiendo – haciendo fuerza en contra. Contractura o hipertonía quiere decir fuerza en contra del empuje de la gravedad, que siendo constante, generó las hipertonías de los animales. Sin éstas, ellos se desplazarían muy mal. 

Ésta es la base biológica del super-yo, que puede ser identificado con el sistema de equilibrio – o postural – que nos hace hombres, que nos pone y nos mantiene de pie.

Conviene recordar que es la forma peculiar de nuestra Existencia.

En particular tenemos primero lo que llamaré: “Sistema de Sostenimiento” (grasping), cuya expresión neuro-fisiológica es el Reflejo de Elongación (stretch reflex). Cualquier músculo estirado rápidamente, aun solamente en 0,8 % de su longitud, reacciona con una contracción global – en sentido opuesto al tirón. ¿Por qué existe ese reflejo en todos los músculos del cuerpo? Obviamente para impedir la caída. Donde quiera que surja un desequilibrio, un balanceo brusco del cuerpo, allí algunos músculos se elongan y se contraen, “sosteniendo” el cuerpo. Ese reflejo es el primer grado de nuestros automatismos auto-estáticos, o más arcaico en la historia del sistema nervioso – reflejo medular – (rapidísimo en la acción, como tiene que ser). Cuando nos desequilibramos tenemos solo unos pocos centésimos de segundo para reequilibrarnos, de lo contrario, nos caemos.

Además tenemos el cerebelo, un segundo cerebro, con función exclusivamente inhibidora. En la feliz expresión de Eccles (1973), el cerebelo es como el escultor del movimiento – pule el bloque de impulsos piramidales y retira de él todo exceso, toda aspereza, toda desproporción. Por eso es inhibidor – y solo inhibidor. Por eso es importante para el equilibrio. Es el freno más veloz, más preciso y más complejo que se conoce (en el mundo).

Tenemos también el sistema gama. Para resumir, diremos que ese sistema es el congelador del movimiento en postura. Cuando salimos de una actitud o posición, se inactiva; cuando estamos en una nueva posición (o actitud), se activa y mantiene la nueva posición (resistencia).

Todo el aparato nervioso (tal vez dos tercios de nuestra sustancia nerviosa) existe esencialmente para mantener la posición erecta, condición de nuestra más gigantesca ventaja biológica sobre los demás animales: las manos libres.

Ante estos hechos, qué pensar de la afirmación de Bion, en San Pablo, hace cerca de treinta años: “La más arcaica de las funciones psíquicas es el movimiento” O qué pensar de Bergler cuando afirma: “El super-yo es el más estúpido sistema de inhibiciones que el hombre inventó para torturarse”

En la persona acostada – situación analítica -, los mecanismos posturales no se inactivan del todo pero reducen bastante su actividad. Sin ver al paciente, inclusive de pie y caminando, olvidamos que tiene cuerpo (y que nosotros también lo tenemos) y entonces no vemos que el cuerpo es una máquina (mecánica) de fabulosa complejidad y finura; que esa máquina maravillosa todavía se hace porque siente el espacio, el tiempo, el movimiento (en verdad, solo el movimiento, que, al realizarse, genera simultáneamente el espacio, la forma y el tiempo, la secuencia, el orden y la serie.

En el movimiento, también, siente fuerza, la fuerza que hace la actitud y el gesto – la genuina y esencial fuerza del yo: el control del movimiento.

Parece obvio: solo la propiocepción nos puede dar esas nociones y no es un buen camino derivarlas de “afecto”, “instinto”, “víscera”. Es comenzar negando lo evidente para encontrar lo oscuro.

Un último hecho, muy frecuente, debe ser recordado, prácticamente toda la Psicoterapia trabaja con los hábitos, con los automatismos motores, es decir, con estructuras inconscientes que sin embargo son pasibles de tornarse conscientes. Son modos de ser y de reaccionar que uno mismo no ve pero que cualquiera desde fuera podría ver – si estuviese mirando pero, de ninguna manera, si estuviese solo oyendo; es entonces cuando se forjan hipótesis oscuras para explicar lo obvio.

Lo que Freud denominó: pre-consciente es propiocepción (para el sujeto) y comportamiento (para el observador). No es audible pero es visible, en la forma de expresión no-verbal.

Tatiana se yergue levemente cuando está apurada. Es también muy susceptible, abre fácilmente una boca muy grande ante cualquier negativa o cara fea de los adultos. Las dos características de la niña concuerdan con su exceso de frenos cerebrales. Anda siempre un poquito tirada para atrás a la altura de los hombros (erguida) Es susceptible porque siempre hace algo de fuerza para mantener el equilibrio, con eso mueve su centro de gravedad hacia atrás. Cualquier empujoncito de más – real o hablado – puede hacerla caer.

Ella presenta cierta inmadurez en la adiadococinesia – capacidad de hacer movimientos alternativos con rapidez y precisión. Arriba de un caballito que se hamaca, no puede iniciar el movimiento. Parece no tener noción exacta del impulso que es necesario hacer en el momento justo. Aun cuando sea hamacada por un adulto, mantiene el movimiento por poco tiempo y se detiene. Esto indica que no tiene límites precisos entre el momento de la impulsión y el de la frenada. Necesitará ser hamacada muchas veces para afirmar esta noción.

Susana hizo balet durante muchos años, habiéndose destacado en la escuela donde estudiaba. Sin embargo, reconoce, y lo veo con claridad, que no es de moverse mucho, no hace movimientos bruscos, anda siempre un poco tensa, un poco prevenida pero con cierta delicadeza y agilidad.

Aunque no sea del tipo de madre que “amarra” exageradamente a su hija con su miedo, me da la impresión, habiendo visto a la madre y la hija juntas, que Susana, sin querer, lanza una pequeña tela de araña alrededor de la niña, que no tiene la desenvoltura que podría tener si hubiese tenido otra madre. Una red de pequeños cuidados, de constante prevención. Siempre prevenida.

La abuela de Tatiana es solo No. Es una persona que, al ver cualquier movimiento alrededor suyo, dice No. Si tomásemos en serio las palabras de la abuela, concluiríamos que hasta el reloj tendría que detenerse.

Claro que una ansiedad de ese nivel es paralizante para el niño. Sin embargo la abuela la ve poco tiempo por día, es claro que sus nos deben haber dejado en la madre de Tatiana una actitud de prevención, de no voy o si voy, solo lo haré con mucho cuidado.

Forma parte del cuadro, también, la habilidad manual de la niña, que hace cosas complicadas con los deditos. Esa es una buena señal de su desarrollo motor voluntario, altamente cortical, altamente piramidal. Tatiana no confía en las naturales oscilaciones de todo el cuerpo, pero si confía en la habilidad adquirida por la persistencia – siempre que el ejercicio de esa habilidad no comprometa su estabilidad física en el espacio. Durante muchos minutos ensaya como abotonar los zapatos – hasta que lo logra. Alguien diría que ella es una compulsiva en las cosas que insiste en hacer. Las repite tantas veces como sean necesarias, hasta aprender a hacerlas – sin que nadie le diga.

El ídolo de Tatiana en la escuela es un niño muy activo, vivo y ágil, capaz de dejar atónita a toda la clase, subiéndose a todo a los gritos, a los saltos, a las corridas mientras Tatiana desde la platea asiste entusiasmada a las exhibiciones de su héroe. ¡Toda tímida ama a un pillo!

Su defensa típica cuando le sacan un objeto de las manos, primero, es decir un No bien fuerte con una cara bien fea. Si se insiste en sacarle la presa, se sienta encima y ahí se hace difícil moverla del lugar y sacarle el objeto.

La estabilidad tiene sus ventajas……….

Aconsejamos al lector releer la descripción inicial del caso. A la luz de lo que se propone, se hará excepcionalmente clara.

BIBLIOGRAFIA:

BERNSHTEIN, N.A. The co-ordination and regulation of movements. Oxford: Pergamon Press, 1967.

ECCLES, J. C. The understanding of the brain. Nova York: McGraw-Hill, 1973.

ECCLES, J. C.; ITO, M.; SZENTAGOTHAI, J. The cerebellum as neuronal machine. Berlim: Springer-Verlag, 1967.

FREUD, S. Obras Completas. Madrid: Editorial Biblioteca Nueva, 1948.

GRANITT, R. The basis of motor control. Londres: Academic Press, 1970.

HOPPER, B. J. The mechanics of human movement. Londres: Crosby Lockwood Staples, 1973.

HUNT, C. C. Muscle receptor. Berlim: Springer- verlag, 1974.

Reich, W. Character- analysis. 3 Ed. Nova York: Orgone Institute Press, 1949.

 

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